El dinero o nuestras caras a través de la moneda

Patricia Aliu
Fundadora/Directora de GM

El dinero influye en nuestras vidas y todas nuestras acciones pecuniarias están teñidas de nuestra forma de ser: como lo ganamos, como lo gastamos, como lo recibimos y como lo damos describen nuestra manera de estar en el mundo. Dicho así, este concepto nos define como responsables de nuestra pobreza o riqueza, no sólo en términos espirituales sino económicos también.

Algunos pueden sentirse confundidos o aún peor, enfadados con este comentario pues el dinero ha sido y es, muchas veces, asociado con algo sucio («el vil dinero») o por lo menos con algo exclusivamente material. Y en éste artículo, yo lo vínculo con lo personal.

De hecho, hay gente que tiene dinero y emocionalmente se siente empobrecida; otros se sienten carentes de las dos cosas y otros, mejor que peor están bastante acomodados en su vida emocional pero económicamente siempre tienen problemas. Que la economía funcione de manera tan contrapuesta con lo afectivo, o bien, que funcionen las dos mal…algo tendrá que ver con nosotros.
Sé que proponerte responsabilizarte de tu riqueza material puede parecerte duro. Sin embargo, como siempre decimos en Gestalt, lo que de verdad te hace libre es saberte corresponsable de tu situación. Sólo si tienes algo que ver, tienes la posibilidad de efectuar una modificación. Aunque tu «algo que ver» sea una ínfima parte, eso alcanza para comenzar el cambio.

No olvidemos que, aunque parezcan los menos, también hay gente que está satisfecha en los dos aspectos: el económico y el afectivo.

Algunos podrán reclamar indignados: ¡Hay quienes no se ganaron el dinero, lo heredaron…! Bien,
¿ y qué?. Pudieron también dilapidarlo o hacerlo crecer. ¿Y qué hay de los que sí se lo ganaron día a día?
Entonces, ¿qué es lo que incide para que en algunos casos el resultado sea positivo y en otros negativo? No te responderé nada que no sepas, aunque por sabido no siempre es tenido en cuenta: la actitud.
Empecemos por no descalificar al dinero. No es cuestión de hacerle un altar como si fuera un dios. No.
Sí, considerarlo como una forma de energía. No más, no menos.

La energía no se pierde, se transforma. La energía, cuando se hace circular, genera más energía. Y atención con no traducir este concepto como una loa a la sociedad de consumo!!!
Este concepto es: no obtures la circulación del dinero, como no lo harías con el agua ni con la sangre. Si algo circula, vuelve. Si algo no circula, se pudre.
Tampoco te desangres ni dilapides el agua. La virtud –dice el refrán- está en el punto medio.
No obturar también significa recibir. Aunque cueste creerlo, para algunos es más difícil recibir que dar.
Y otro punto importante para nombrar, que no para abordar aquí, es la posibilidad de manipulación que el dinero nos da.

¡Cuantas caras de nosotros mismos podemos ver si revisáramos nuestra manera de funcionar con el dinero!
Para concluir, compartiré contigo un cuento que me parece muy oportuno para la ocasión.

Había una vez tres hermanos que, luego de morir su padre, se reunieron para leer el testamento. La única posesión de este hombre eran treinta y cinco camellos y su última voluntad era que se repartieran entre los hijos de la siguiente manera: al primero, por ser el mayor y haber trabajado más tiempo para mantener el patrimonio, le correspondería la mitad de los camellos; el segundo recibiría un tercio de los animales y por último, al tercer hermano, le correspondería una novena parte. Por cierto, cuando llegó el momento de realizar el reparto se vieron en dificultades pues no había manera de hacerlo de manera exacta.

Estaban sentados sobre unas piedras cavilando como podrían resolver esta cuestión cuando acertó a pasar por el lugar un anciano montado en un camello. Este, viendo la cara de preocupación de los tres jóvenes, les preguntó que les ocurría.

Los tres hermanos refirieron al hombre su historia y el anciano, luego de pensar un rato, les dijo:- ¡Tengo la solución! Os regalaré mi camello y así tendréis un número de animales que os permitirá repartirlos según la voluntad de vuestro padre-.

Los jóvenes se miraron asombrados entre ellos y luego el mayor de ellos le respondió:
-Gracias amigo por tu oferta pero no podemos aceptar tu regalo pues tú te quedarías sin el único camello que tienes-.
El hombre sonrió y le dijo: -si yo doy y vosotros aceptáis todos saldremos favorecidos-.
¡Explícanos!- pidieron a coro los tres.
-Veamos: treinta y cinco que tenéis y uno que os regalo son treinta y seis. La mitad de treinta y seis son diez y ocho. ¡Coge tus camello!- le dijo al mayor
La tercera parte son doce –continuó el anciano- de manera que coge tus doce camellos – le indicó al hermano del medio.

Y tú coge tus cuatro camellos, que son la novena parte de treinta y seis –le dijo al menor.
Al terminar de separar sus propios grupos de animales, los hermanos vieron con sorpresa que quedaban dos camellos sin dueño. Viendo el estupor en sus caras, el anciano volvió a hablar:
-Diez y ocho camellos, más doce, más cuatro hacen un total de treinta y cuatro animales, de manera que puedo recuperar el que os regalé si deseáis regalármelo ahora a mi.
-Sí, por supuesto! dijeron al unísono los hermanos.
Y el mayor agregó:- Venerable anciano, estábamos con un problema y tú nos ayudaste. No me equivoco si, en nombre de todos nosotros, te ofrezco el otro camello en reconocimiento a tu ayuda.
-Estuvo muy bien daros y está muy bien, ahora, recibir vuestra ofrenda. Mantened esta actitud y la vida será pródiga con vosotros. Y diciendo esto se alejó con sus dos camellos.

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