Mujeres que aman demasiado

Patricia S. Aliu
Fundadora/Directora de Gestalt Mediterráneo

En la actualidad, lamentablemente, el tema de la violencia doméstica ocupa cada vez más espacio en los noticieros, los diarios, en fin, en nuestra vida cotidiana.

Este colectivo de mujeres maltratadas, cuando no asesinadas, es francamente alarmante. Desde las autoridades (jueces y gobernantes) pasando por los centros de asesoramiento hasta las personas dedicadas a la tarea de asistirlas corporal y psicológicamente se dan cuenta que algo falta o por lo menos, que no es suficiente.

Por eso cualquier trabajo que hagamos en tal sentido para contribuir a que este flagelo decrezca, es positivo.
Todos los que trabajamos dentro del ámbito de la salud sabemos que la violencia no es de ahora, es de siempre; por lo tanto habrá dos líneas en las cuales trabajar: una de asistencia inmediata a las víctimas; la otra, en la de prevención. Y en tal sentido, en éste artículo quisiera tratar sobre un grupo de mujeres que no se consideran a sí mismas dentro del colectivo de violencia doméstica pero que están sometidas a un trato violento y que tampoco se consideran adictas, pero que, de alguna manera, padecen una adicción emocional. Elípticamente, podríamos denominar a este grupo como “mujeres que aman demasiado” usando el título del libro de Robin Norwood.

El primer paso en cualquier solución de un problema, es reconocer que existe ese problema: mal podría hacer régimen si no me considero excedida de peso.
Para dar ese primer paso es importante conocer cuales son las características de ese problema y si me reconozco en alguna de ellas.

Empecemos por saber de que hablamos cuando hablamos de violencia: golpes dados sobre los muebles de manera sistemática son muestras de violencia, no sólo los golpes dados en la cara o el cuerpo de la victima; gritos intempestivos y escenas escandalosas también lo son. Todo esto habla de alguien que no sabe o no quiere moderar sus impulsos. Tomar conciencia de esta realidad (tanto para la víctima como para el victimario) son el primer paso de la solución. Por supuesto que el violento verá esta definición como una exageración. De verdad, éste no es el mayor problema.

El mayor problema es que las víctimas y /u observadores de estas escenas (niños o adultos) las consideren normales (aunque incómodas, eso sí) porque entonces las consentirán y las justificarán. Y lo peor: las imitarán, sobretodo los niños cuando sean adultos. Muchas veces es el puro miedo el que impide hacer una lectura realista: es menos alarmante pensar: “hoy tiene un día malo…” que decirse a sí misma “me está maltratando…”

Y ahora, revisemos el concepto de adicción. Frases como: “que haría sin él…”, “yo lo quiero y no me imagino la vida sin él…”, “la mayoría del tiempo me trata bien, es sólo en determinadas situaciones…”, “es como un niño grande y me da pena abandonarlo. ¿Qué sería de él sin mi…? son frecuentes en este tipo de relación donde lo que une no es la elección de estar juntos por afecto sino por ser “bastones emocionales uno del otro”.

Trabajar en la prevención de este flagelo es responsabilidad de todos: de las mujeres que se reconocen maltratadas, de los propios maltratadores (algunos tiene conciencia de su impulsividad pero no la consideran peligrosa y la minimizan), de los parientes y vecinos de las casas donde saben que hay violencia doméstica, de los profesionales de la salud, de las autoridades competentes y también (y a ellas va dedicado este artículo) de las víctimas que aún no terminan de reconocerlo.

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