Padres ausentes, hijos presentes

Pilar Llul

17 Promoción

Me viene al recuerdo, la esencia de unas palabras de una novela que leí hace tiempo. El tema envolvente, sin ser el explícito, eran los vínculos. Cuánto se sentían esos hilos invisibles en cada escena, con cada reproche, o enfado, alivio, o compasión…cuánto llegamos a identificarnos con maneras y acciones de otros. Capas cubriendo quienes somos por todo lo interpretado que debíamos ser. Esos vínculos iniciales que nos reciben en nuestra llegada a este mundo, que no elegimos y sin embargo nos marcan profundamente. Generalmente, una madre, un padre…quizá la ausencia de alguno de ellos.
Su ausencia…ahí me dirijo.

De esa novela extraje lo que creo que sería una verdad para muchos, sensaciones de fondo que a menudo cuesta aprender a identificar y a nombrar. Tras ello, un posible auto-rescate. No son palabras textuales, es una conclusión puesta en palabras sencillas cargadas de significado. Un sentir arraigado en el interior de alguien que ha vivido la ausencia de un vínculo parental. Dice así, y dice tanto…:
 “Pasado el tiempo, no había mucho que decir. Paseando cogida del brazo de tu ausencia, borrábamos lo no vivido, los recuerdos no compartidos. Mi brazo en el tuyo cerraba un paréntesis abierto durante muchos años. Me sentí salpicada a destiempo. Ahora me elegía a mí misma al celebrarme en lo que no fui…contigo”.

Lo que no hemos recibido, duele. Duelen todas esas maneras con las que a lo largo de la vida hemos intentado compensar que nuestro padre/madre no estuvieran para nosotrxs, a veces desde una ausencia completa, física, y otras aunque físicamente estuvieran presentes. Fácilmente llamamos presencia solo al acto físico de encontrarnos junto a alguien. Se puede estar muy ausente aún estando tomados de la mano. La ausencia (física o emocional) nos deja huérfanos de modelos de aprendizaje, y entonces nos buscamos la vida cuando en verdad aún no tenemos los medios para salir bien parados.
Y llegamos como podemos a la edad adulta repletxs de carencias que intentamos desesperadamente cubrir con lo externo: quiéreme, aceptarme, demuéstrame que soy importante, cubre mis necesidades, recuérdame que esta bien ser quien soy…y así un largo etc. Porque si nuestra madre/padre no nos quiso (al menos no como necesitábamos), habremos crecido sintiendo inconscientemente que no lo merecíamos, que algo fallaba en nosotrxs. Quizá crecimos sintiendo que estábamos en este mundo por algún tipo de error.
Las palabras del libro que expuse anteriormente me recuerdan que debemos recuperarnos.
Celebrar que ahora, por ejemplo, puedes mirarte con tus propios ojos y decirte a ti mismx que te quieres, que eres importante, que no tienes la culpa de que tus padres no lo hicieran mejor; no podían hacerlo mejor porque no sabían, aunque ese es otro enfoque que da para ampliar la mirada en otro momento.
Al profundizar en tu interior, incluso puedes celebrar lo que te ha enseñado una ausencia importante. Y como dice el escrito, soltar el ideal de lo que podía haber sido, cerrar el paréntesis de una experiencia que no elegiste y que te ha marcado pero no define quien eres. Cuando puedas, llegará el perdón. Te habrás recuperado a ti mismx y sabrás cuidar a tu niñx interior, ahora sí, como necesitaba ser cuidadx.

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