Tú, un valor en alza innegociable

Cati Servera

Alumna de 3º año de Formación en Gestalt Mediterráneo

No sé quiénes sois, ni siquiera sé si vais a hacer un click en esta publicación y vais a dedicar unos minutos a leer este relato; tampoco sé cuáles son vuestras batallas ni vuestros triunfos; si sois bajitos con tendencia a la calvicie, mujeres autónomas e independientes o fornidas personas que cultivan sus cuerpos en un gimnasio. Tampoco me hace falta saberlo porque yo os imagino. Os imagino en vuestras casas o en vuestros rutinarios trabajos; quizás en la cola de un supermercado pensando: ¿y si lo hiciera?; ¿y si este año hiciera algo por mí?; ¿qué pasaría si, por fin, invirtiera en mí?

Pues esta desconocida a la que estás leyendo, te dice que sí, que lo hagas, que te dejes de operaciones arriesgadas en Bolsa e inviertas en bonos para ti. Os aseguro que es una operación 100% segura, cuidada y respetuosa; os aseguro también que no me llevo ninguna comisión y por eso mismo os tengo que decir que no es una operación fácil, pero sí que es cierto que cuantas más acciones inviertas menor riesgo tendrás de un rescate.

A estas alturas, posiblemente te estés preguntando quién es esta tía que, como ya habrás deducido, no tiene ni la menor idea de términos financieros. Pues mira, tienes razón, qué menos que una escueta presentación. Me llamo Cati, tengo 34 años y este año acabo mi periplo en la escuela. Entre otras cosas, he aprendido que cuando (me) escribo de alguna manera también me salvo. Escribir, para mí, es el arte de hacerme perdonar la neura.

El peligro de no contar tu historia es que los demás te la inventan. Los humanos somos así: necesitamos rellenar los espacios, los huecos, los vacíos, hacer tangible lo intangible. Cuando empecé en la escuela yo era todas aquellas narraciones que los demás habían hecho de mí. Incluso yo misma, en las contadas ocasiones en las que me narraba, lo hacía en tercera persona, disfrazando mi existencia de cierto orden, pero si algo había en mi existencia era un gran vacío.

A veces me da por pensar que en el lugar donde una víscera de nuestro cuerpo se dedica a bombear y oxigenar sangre, yo tenía un enorme vacío. Si a mí no me gustaba hablar de mí, era porque a mí no me gustaba ser yo, y si a mí no me gustaba ser yo fue porque existieron unos adultos que se encargaron de hacerme creer que ser yo era muchísimo peor que ir con un enorme agujero en el pecho. Sí, ocurre que, a veces, de la manera más injusta y cruel posible, a los niños les late un gran vacío en el pecho.

Cuando creces en un lugar donde los malos tratos físicos y psicológicos, los insultos encarnizados y las amenazas de muerte están a la orden del día, tiendes a sentirte culpable por vivir, y sentirte culpable por vivir es desear la muerte. Yo deseé la muerte en muchísimas ocasiones en mi vida, consciente e inconscientemente. Desear la muerte no te convierte en un suicida en potencia, a veces basta con no tenerle mucho apego a la vida, que parece lo mismo, pero no lo es. A veces basta con quedarse impasible ante una relación que no te satisface; aguantar al déspota de tu jefe en una jornada laboral maratoniana o rendirle pleitesía y tiempo de vida a un aparato provisto de wifi y conexión 3G. La muerte, a veces, se le parece demasiado a la vida.

En el daño existe una zona oscura, más oscura si cabe, indeterminada, una especie de territorio de nadie donde todos los papeles pasan a ser intercambiables. Ciertamente, de víctima pasas a ser verdugo en cuestión de segundos. Yo no sé en qué momento pasé a ser mi peor señor Hyde, lo que sí sé es que todos los infiernos acaban siendo parecidos y reemplazables.

Qué rentable ha sido para algunos vender el infierno como un lugar inhóspito, terrible y carente de todos los valores que definen al ser humano. Pues en el infierno existen zonas de confort, os aseguro que no estás todo el día ardiendo ni enloquecida huyendo cual ánima que lleva el diablo. Existen mecanismos para que tu estancia allí resulte lo más agradable posible.

Yo encontré unos cuantos: “Si me tengo que quedar a vivir aquí, haré bien en acondicionarlo y reformarlo. En esta terraza con vistas al miedo, construiré unas ventanas opacas y aislantes para no sentirlo; en esta cocina, provista con placas de inducción al dolor, me cocinaré la vergüenza y el rechazo aderezando el guiso con una sonrisa estéril y superficial para que nadie sepa lo triste y fracasada que me siento; y quizás, con un poco de suerte, ese amplio garaje me pueda servir para almacenar toda la rabia y la ira que siento cuando me pregunto: ¿por qué yo y no cualquier otro? Pero ojo, ten mucho cuidado con dejar pasar a nadie más allá del alegre y vistoso jardín (árido) que muestras al mundo”

Dije que mi presentación iba a ser escueta, pero ya veis como todos tenemos una historia esperando a que la memoria desenfoque las mentiras, un nombre y un mismo final. Hay cosas que son universales e inevitables.

Y ojalá hayas llegado hasta aquí, porque de verdad que me hubiera gustado escribir algo más académico y teórico, fundamentar este relato en los preceptos básicos de la terapia Gestalt, sus orígenes, sus fuentes. Material teórico (que lo tiene y muy bien documentado) para convencerte de que ésta es una terapia que funciona. Pero ocurre que el conocimiento no siempre es capaz de aprehender la compleja realidad en todas sus dimensiones, y de eso trata esta terapia precisamente. PERSONAS con sus contradicciones, sus imperfecciones, sus idas y venidas, sus sutilezas, sus dudas, sus heridas de vida y su privada forma de lamerlas, sus “quiero pero no puedo, o no sé, o no debo, o no quiero tanto como creía querer”, sus miedos, sus egos desatados, sus frustraciones y fracasos, sus estrategias precisas, sus logros y triunfos… Personas con toda su humanidad y autenticidad que se arriesgan, que van un paso más allá, que exploran los límites e incluso los superan porque se saben cuidados y acompañados. De eso va esta terapia, de humanidad, honestidad y amor.

Y sobre todo de ser TÚ, da igual quién seas, eso siempre será mejor que ser cualquier otro.

Ahora ya no me late un hueco por el que se me escapaba el amor; ahora late mi corazón, puede que un tanto malogrado, pero lo suficientemente fuerte y sólido para saberme responsable de mí misma, comprometida conmigo de por vida. Bueno, como aún no he acabado tercero, diré que cada vez se le va pareciendo más.

Todo un bálsamo para mi alma poder ser quién soy con una mirada amorosa. Y llegados a este punto, no estaría siendo justa si hablando de miradas amorosas, no mencionara a mis compañeras y compañeros de grupo. Aquí podría escribir un libro entero diseccionando y matizando a cada uno de ellos, pero me consta que tienes asuntos por atender y tu tiempo es oro. Sólo diré, citando a una compañera brillante, que “lo que unos seres humanos han dañado, otros seres humanos pueden reparar”. Hoy, mi narración sin ellos, está incompleta. No me da una vida para agradecerles tanto.

Hazlo por ti, apúntate a esta jornada de talleres gestálticos el 17 de junio. Prueba, arriesga, explora, juega, y ojalá descubras que no hay mayor libertad que la de saber que nadie hará por ti lo que tú no haces.

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